Vivimos
en un mundo donde eres lo que tienes, por tanto, mientras más tengas, más eres.
Nuestra sociedad te obliga cada día a cambiar, no tienes una identidad propia,
tu identidad la define la moda.
La
moda ha dictaminado que los que piensan son raros y los que consumen normales.
En conclusión: no hay que pensar, hay que consumir. El consumo nos hará libres,
porque al final la libertad es entrar al Corte Inglés y tener la posibilidad de
elegir un MacBook Pro o un iPad.
El
documental “Comprar, tirar, comprar” habla sobre la obsolescencia programada,
que en palabras sencillas se define como la fecha de caducidad que tienen la
mayor parte de productos.
Esta
fecha es muy corta, es inferior a la vida real de un producto. La estrategia es
que la vida útil de los productos se acorta para que sigamos comprando. Lo
duradero no es bueno para las crueles leyes del mercado.
La
estrategia de acortar la vida útil de los productos no es nueva, se le ocurrió
a una persona llama Bernard London como la solución a la crisis del 29. En
papel esta solución es brillante, si los productos duran poco siempre estaremos
comprando. Lo triste es que London no consideró que los recursos del mundo son
limitados y el consumo pretende ser ilimitado. Los recursos que malgastemos en el presente serán las carencias del
futuro.
La
lógica de que es bueno todo crecimiento económico causado por un consumo
desmedido nos traerá consecuencias serias. Si seguimos comprando lo que no
necesitamos lo pagaremos caro, muy caro.
En el documental diversos ingenieros, académicos,
científicos y consumidores nos hablan sobre la obsolescencia programada. Nos
explican que el impacto sobre el medio ambiente es catastrófico, los residuos
de productos electrónicos se arrojan en países en vías de desarrollo.
Es insostenible este nivel de consumo. Uno de los académicos menciona que es ilógico que el fin de este mundo sea pedir un préstamo para comprar cosas que no necesitamos. Endeudarse para consumir es visto como algo positivo, se intenta que las sociedades crezcan por crecer, no para satisfacer las necesidades elementales.
Es insostenible este nivel de consumo. Uno de los académicos menciona que es ilógico que el fin de este mundo sea pedir un préstamo para comprar cosas que no necesitamos. Endeudarse para consumir es visto como algo positivo, se intenta que las sociedades crezcan por crecer, no para satisfacer las necesidades elementales.
A través de instrumentos como la publicidad se fomenta que la felicidad proviene de tener el último modelo de coche o el último electrodoméstico, se banaliza la libertad reduciéndola a mera libertad de elección.
El primer producto víctima de la obsolescencia programada fue la bombilla, los productores de las bombillas acordaron que la vida útil del objeto no debía superar las 1,000 horas, cuando hay patentes de bombillas que duran 100,000 horas pero no se comercializan. Es más, en California hay una bombilla que lleva más de 100 años funcionando.
Hay muchos casos como el de la bombilla, pero esto
no es lo importante. Lo fundamental es darte cuenta que el consumo desmedido
nos acabará destruyendo porque nuestro medioambiente no lo soportará. Debemos tener
claro que no todo crecimiento económico es bueno.
La visión antropológica que tiene la sociedad de consumo es terrorífica, somos vistos como seres que solo sirven para saciar las necesidades del mercado. El consumo ha sustituido a una vida lograda como la fuente de la felicidad. Se ha establecido una tiranía del hombre sobre el hombre.
Los productores nos dominan a sus antojo, nos han hecho creer que adquirir el último producto es una necesidad vital. Nos han convencido de que nuestra vida no tiene sentido si no tenemos el último coche. Está lógica egoísta es lo que debemos cambiar.

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