El filósofo del lenguaje británico, John Austin, intenta mostrar por medio de la dilucidación del lenguaje, que la verdad se encuentra en su núcleo. Nos plantea que las palabras se relacionan con el mundo y que por tanto hablamos en términos de verdad.
Para este filósofo la verdad es un punto de relación entre las palabras y el mundo. La expresión es verdadero se utiliza para describir la peculiar relación entre nuestras palabras y el mundo. Pero somos libres de elegir cualquier símbolo para describir cualquier situación, no es que las palabras remiten directamente a las cosas. Se debe percibir la correspondencia entre un lenguaje en situación y hechos conformados lingüísticamente. Por tanto en este ámbito la verdad es un mero término de evaluación lingüística. Pero es vital tener claro que no todas las palabras son enunciados, podemos hacer cosas con las palabras, como casarnos o una promesa y en este caso no aplican los criterio de verdad o falsedad.
Es preciso entender nuestro lenguaje para entender que no tendría ningún sentido si este no remitiera a la verdad. Además no sólo tiene una función enunciativa, también una performativa(hacemos cosas con él). Al final esto nos puede dar pie para reflexionar acerca de todas las actividades humanas y considerar si tendría algún sentido realizarlas si no creyéramos que la verdad existe.
Cuentan que la filosofía comenzó por una profunda admiración hacia la verdad. Los filósofos trataron de dar explicaciones racionales sobre lo que los llenaba de admiración, fue el paso del mito hacia la ciencia. Es famosa la historia de, Tales de Mileto, quien por ir contemplando el cielo estrellado, cayó en un pozo. La verdad siempre nos asombra y nos intriga a buscarla, no buscaríamos algo que poseemos. Esta es la misión de todos los hombres y mujeres, buscar la verdad ya que esta nos hará libres.
La verdad se ha convertido en el enemigo publico, vemos constantemente como es despreciada sin justificación alguna. Lo risible de esta situación es el hecho de que se habla en términos de verdad para negarla, sino fuera este el caso no se hablaría, hablar sería un sinsentido.
El hecho de haber sustituido a Dios por la ciencia, ha causado que de lo único que tenemos certeza es del conocimiento científico. La ciencia se ha convertido en nuestra religión, seguimos el ideal ilustrado de negar que la existencia de Dios, por ende queremos convertir el mundo de Dios en nuestro mundo y la ciencia es el único camino. Por tanto, sí vivimos de acuerdo a algunas verdades, las científicas, aunque lo neguemos. Como bien dice, Jaime Nubiola, somos fundamentalistas en el campo científico, pero relativistas en el campo ético.
La verdad se ha convertido en algo incomodo en el campo ético, por el hecho de que en muchos casos es incomoda o va en contra de nuestros intereses personales. Pero estos no son motivos suficientes para negarla o para decir que todo es relativo, que todas las opiniones valen lo mismo. Aunque en muchas ocasiones expresamos esto, no nos lo creemos, tenemos muy claro que vale más la opinión de un meteorólogo acerca del clima, que la de un político. Negar la verdad en muchos casos responde a no querer reconocer nuestros errores o en justificar nuestro egoísmo.
Ortega en su célebre libro, La rebelión de las masas, se encargaba de advertirnos que era característico de los hombres masa el querer opinar sobre temas para los que no estaba cualificados e imponían que su opinión valía lo mismo que la de alguien cualificado. Este filósofo también nos advertía que los hombres masa son el mayor peligro para occidente.
Pero aunque se niega la verdad, es evidente que la gente vive según una verdad, en caso contrario no tendría motivación para vivir, lo que varía es donde cada quien sitúa su verdad. Lo que le da un sentido a la vida para algunos puede ser la fe, para otros la juerga, para otros el placer, etc. En lo que todos coincidimos es en el buscar algo que le de plenitud a nuestra vida, un porqué vivir. Esa es nuestra verdad, ojalá que donde la situemos se corresponda con nuestra dignidad. A alguien que sitúe su verdad en el placer, le espera una existencia desgraciada, ya que tenemos más deseo de placer que capacidad de recibir placer, por lo que siempre estará queriendo más placer y jamás lo podrá saciar.
Debemos considerar que nuestra capacidad de querer es ilimitada, por lo que solo la puede satisfacer un objeto ilimitado. Pero en esta vida no hay ningún objeto ilimitado, conocemos sólo objetos determinados. Por tanto es posible que en esta vida no podamos alcanzar la felicidad plena, sólo una felicidad parcial. El hecho de tener una capacidad ilimitada que no podremos satisfacer en esta vida, abre la posibilidad a otra vida donde sí podremos satisfacer a nuestra voluntad. Me parece que esa es la verdad que en el fondo todos perseguimos y sin ella nuestra vida no tendría ningún sentido.