Escribir es pensar, clarificar y plasmar. Pasar a limpio lo que tenemos un poco revuelto en nuestra cabeza. La manera de transparentar nuestro pensamiento y hacerlo accesible a los demás. Pero lo primero es lo primero, para escribir hay que tener algo que decir y para tener algo que decir hay que haber pensado y leído sobre algo.
No es cosa fácil, escribir bien no es algo que nos viene dado de forma innata o un fruto del azar. Es el fruto de muchas horas de trabajo en las que poco a poco vamos construyendo nuestra escritura.
Esa famosa inspiración del escritor de la que tanto se habla, requiere haberle dado muchas vueltas a una cuestión y el haber leído y escrito mucho sobre esta. El famoso periodista polaco Ryszard Kapuscinski decía que por cada página escrita se necesitan 100 leídas. El secreto de todo gran escritor es la constancia y el esfuerzo, el trabajo del día a día.
Me he llegado a convencer de que detrás de las grandes obras se encuentran muchas horas de trabajo. Pero esto no significa que la inspiración no exista o que no hay personas con más talento para la escritura que otros. Esos momentos mágicos de inspiración, en los cuales damos con la palabra precisa para expresar lo que estábamos pensando, nos pueden llegar y de hecho le llegan a cada uno de manera distinta. La cuestión es no dejarlos pasar, porque puede que no vuelvan esas palabras exactas, para eso siempre debemos estar con la libreta en mano.
Aristóteles decía que “somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto. Es hábito” . De eso se trata, de ir encontrando cada día nuevas formas de expresar mejor lo que vamos conociendo. No podemos esperar convertirnos de un día para otro en excelentes escritores. Como todo lo bueno en la vida, cuesta.
En el caso de la filosofía debemos centrarnos en un tema o autor específico y sumarnos a la gran conversación que es la historia de filosofía. Debemos leer mucho, para no pensar cada día al escribir una idea que consideramos original que hemos descubierto el fuego, puede que esa idea que hemos plasmado Platón la haya refutado siglos atrás y nosotros no estemos ni enterados.
La escritura es la forma que tiene el filósofo de plasmar su arte. No somos en realidad filósofos hasta que no escribimos. Como no podemos considerar pintor a alguien que no ha pintado nada. Estoy más que convencido que para ser un buen filósofo hay que ser un buen escritor. No es que necesitamos un talento descomunal y un estilo único, pero si necesitamos poder expresar de forma clara nuestras ideas.
La escritura llega hasta donde la memoria no puede. Tenemos una capacidad de memoria limitada, la escritura es la manera de ir coleccionando nuestras grandes ideas. Es la forma en la que el conocimiento se ha ido pasando a lo largo de los siglos. Es nuestra gran herramienta, la que nos posibilita dejar un legado. El modo en que podemos inmortalizar nuestras ideas. ¿Qué sabríamos de Kant, Hegel o Descartes sin sus escritos?
La misión del escritor es lograr a partir de un vocabulario limitado escribir sobre los temas más variados. No deja de sorprenderme el poder de las palabras, como a partir de tan pocas hemos logrado nombrar un numero inimaginable de cosas. El escritor debe procurar dominar este vocabulario e irlo ampliando para nombrar las cosas de forma precisa, de esa manera no cae en la ambigüedad que se da por no nombrar a las cosas por lo que son.
En filosofía muchas veces se cae en la arrogancia intelectual. En escribir nuestros textos de una manera cas inaccesible para los demás, pensando que este debe ser el estilo propio de la filosofía. Incluso muchos se rebuscan para encontrar la forma más complicada para nombrar una cosa, esto lo que hace es ahuyentar al lector. Pero como filósofos del siglo XXI debemos regresar a la filosofía al lugar que nunca debió haber abandonado, a las personas, a la calle, debemos hacer que trascienda el mundo académico. Usando un lenguaje claro, porque al final de todo la filosofía lo que intenta es dar un respuesta clara a las grandes cuestiones para que los demás puedan guiar su vida de una mejor forma, no complicarlas más. Debemos volver a hacer creer a las personas que los problemas que trata la filosofía son también sus problemas.
Al final es imposible fijar una receta fija para escribir bien. Pero no debemos olvidar que escribimos para nuestro público, para que nos entiendan. Nuestro texto debe ser coherente y cada frase debe estar muy bien pensada. No debemos olvidar que nuestro lector no ha pensado en el tema tanto como nosotros, le debemos simplificar la vida. Eso es lo que nos distinguirá como grandes escritores, el poder lograr expresar cuestiones complicadas de una forma clara, dándole nuestro toque personal. Decir mucho en poco. Eso solo estará al alcance de los amantes de la escritura y de los que creen que con su escritura pueden cambiar el mundo. De unos cuantos locos que día a día se van esforzando por expresar de forma simple cuestiones que otros han oscurecido con palabras grandilocuentes.

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