Hoy más que nunca estamos viendo a la ciudadanía interesarse por la política, no porque los ciudadanos tengan más confianza en el sistema, sino por lo contrario, como una reacción ante un sistema que considera ineficaz y no representativo.
El término representación es clave. Nuestro sistema se conoce como democracia representativa, pero bueno, ¿qué significa esto? Más o menos vendría a significar que el pueblo no gobierna directamente, sino a través de sus representantes que son seleccionados mediante un proceso electivo.
¿Pero el vivir en una democracia representativa implica que la voluntad del pueblo se tiene que identificar con la voluntad de los representantes? Me parece que no, si este fuera el caso no habría necesidad de tener representantes, la democracia directa sería la solución.
La idea de que nuestros representantes deben representar nuestros intereses puede resultar problemática, en primer lugar porque una voluntad individual no se puede representar y en segundo lugar porque si la Asamblea Legislativa fuera un espejo de la sociedad, le trasladáramos la división que existe en la sociedad (como pasa en El Salvador porque cada partido representa solo a los que le dan votos), lo cual haría imposible encontrar la unidad necesaria para poder gobernar.
Ni los mismos griegos, padres de la democracia, pensaban que la elección era el método más representativo, ellos consideraban que el sorteo lo era, porque la suerte podía recaer en cualquiera de los ciudadanos y al ser estos iguales estaban en igualdad de condiciones para representar a los demás. En cambio la elección era más aristocrático, porque le exigía al elector un discernimiento previo para elegir a la persona mejor cualificada.
Elegimos o deberíamos elegir a nuestros representantes porque creemos que son las personas mejor cualificadas para tomar las decisiones que favorezcan los intereses del país, aunque estos intereses, en algunos casos, choquen con los míos.
Al ser elegido diputado, una persona se convierte en un funcionario del país y no le debe rendir cuentas a nadie más que a su nación. No es una tarea fácil y nadie dijo que ser político fuera fácil, pero un funcionario debe ver el interés de la nación por encima de cualquier interés particular. Es evidente que nuestros políticos nos están fallando, pero nosotros también fallamos en elegir a los que elegimos y no exigirles que no representen intereses particulares.
Lo que legitima la condición de representante en nuestro sistema es el hecho de haber sido elegido previamente. La esencia de ser representante se sitúa más en el origen que en el fin, por tanto debemos exigirles a nuestros políticos que no rindan intereses a nadie más que a su nación: al ser elegidos, no son funcionarios de un partido sino de un país. Esto mismo dijo nuestro presidente al asumir su cargo, afirmó que el no iba a ser el presidente del FMLN sino de todos los salvadoreños, y por un momento nos puso a soñar a todos con un mejor El Salvador. Desde entonces, la realidad se ha encargado de darnos un duro golpe.
Ha llegado el momento de exigir algo distinto en El Salvador, exigirle a nuestros partidos que dejen a un lado las ideologías y el gobernar a favor de los intereses de unos pocos. Ojalá esta sea la generación que logre cambiar el sistema desde dentro, la generación que ofrezca algo distinto. Yo creo que de aquí va a surgir un grupo de jóvenes que va a darle un soplo de aire fresco a nuestra desgastada política, van a dar un respiro de esperanza a una población escéptica con los políticos -digo grupo porque es muy difícil que una golondrina haga verano, al menos que esa golondrina sea un tigre, por tanto recemos y trabajemos por que así sea.
Artículo elaborado para www.mediolleno.com.sv
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