lunes, 4 de abril de 2011

Una velada peculiar


El sábado, Juan se dispuso a ir al centro de Pamplona atraído por la muchedumbre que se encontraba en sus alrededores.

Se encontraba de visita en esta peculiar ciudad, la cual adquirió fama por la obra de Ernest Hemingway, “The sun also rises”, en la cual nos relata la famosa fiesta de San Fermín. Esta era la única referencia de Pamplona que tenía Juan.

Pero por cuestiones de la vida en el trabajo lo habían mandado a Pamplona a que conociera el Parque Eólico del Perdón. Se estaba hospedando en el hotel La Perla, en plena plaza  del Castillo.

Le sorprendió la cantidad de personas que abarrotaban la plaza, por lo que preguntó al recepcionista del hotel qué era lo que sucedía. Este le comentó que se estaba celebrando la famosa Semana del Pincho, la cual era una oportunidad idónea para que probara las delicias típicas de Navarra.

Juan no tenía ni idea sobre lo que eran pinchos, pero se dispuso a emprender la aventura. Por recomendación del recepcionista,  se dirigió al bar, El Gaucho, el cual el año pasado había sido galardonado con el premio al mejor pincho.

Al entrar al bar se sorprendió por lo pequeño que eran los platos, no entendía cómo las personas podían saciarse con platos tan pequeños. Asimismo, le sorprendió el tono de voz del encargado del local, ya que este no era nada amable. También lo dejó perplejo el hecho de que la gente comiera parada, en su natal Argentina esto era inconcebible.

Se acercó a la barra y le dijo al encargado:
-Me regala una Coca-Cola por favor.
El encargado del local lo miró perplejo y le respondió:
-Aquí no regalamos nada.

Por lo que, Juan se quedó indignado ante tal respuesta y pensó que los pamplonicas eran unos malhumorados.

Por lo que cambió la frase y le dijo:
-Le compro una Coca-Cola.

Para su sorpresa, el encargado del local se rió. Juan se quedó pensando sobre lo raro que eran los habitantes de esta ciudad. No llegaba a entender cómo pasaban de estar enojados a reírse, en un momento.

Juan sólo tomó la Coca-Cola en este bar, indignado por el trato que había recibido se dispuso a comer en otro local. Por lo que se dirigió al siguiente local que le había recomendado el recepcionista, en su camino no dejaba de sorprenderse por la cantidad de personas que se encontraban comiendo pinchos. Algo que lo dejaba perplejo era la cantidad de perros que tenían y cómo incluso comían con ellos, pensó que esta gente debe pasar muy sola para llevar a su mascota a todos lados. Asimismo, le sorprendió la cantidad de ancianos que se encontraba a estas altas horas de la noche.

Al entrar en Otano se dio cuenta que todos comían lo mismo y escuchó a un anciano decir que la degustación de pinchos de Otano ese año iba a ganar el concurso.  Aunque la comida no le resultaba apetitosa, se dispuso a pedirla y de bebida pidió una copa de vino, al ver que era lo que todos bebían.  Quedó maravillado con el sabor del pincho de queso de cabra con jalea de fresas, el cual era la especialidad de Otano para ese año.

Le preguntó a un anciano sobre cómo funcionaba esa rutina de comer pinchos. El cual le contestó que lo tradicional era ir a muchos bares y en cada uno tomar una copa de vino y un pincho, que si quería él estaba dispuesto a mostrarle los mejores bares. Juan no entendía cómo alguien que hablaba con un tono de voz tan serio pudiera ser tan amable.

Al llegar al hotel quedó satisfecho con la velada, pero a la vez inquieto por conocer un poco más de Pamplona y le quedó la lección de no juzgar por simple apariencia. Las personas de Pamplona pueden parecer de mal humor, pero eso no significa que en realidad lo estén, en el fondo son muy amables.

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